martes, 22 de octubre de 2013

MOVIMIENTO DE LA VIDA Y RELATIVIDAD DE LAS CREENCIAS


MOVIMIENTO DE LA VIDA Y RELATIVIDAD DE LAS CREENCIAS 


El movimiento es una invariable ley de la naturaleza. Todo lo existente se mueve permanentemente, cada cosa a un ritmo y velocidad diferentes. Esta actividad es externa e  interna, ocurre tanto en lo grande como en lo diminuto, se presenta en lo individual o particular, en lo general o colectivo, en lo visible y en lo invisible al ojo humano. Ella induce un cambio permanente en todo lo existente, de tal suerte que la impermanencia es una ley natural de lo que es.
Los llamados seres vivientes cambian constantemente, y a eso lo llamamos desarrollo: la semilla se convierte en germinado, en plántula y luego en árbol; el huevo se transforma en ave, el niño se convierte en adolescente, pasando a ser joven y luego viejo. Todo nace, se desarrolla o transforma, crece o se expande y finalmente muere, lo cual no es más que otro cambio a una forma de vida diferente, en un nivel no perceptible por los sentidos ordinarios del hombre. Los llamados seres inertes en realidad no lo son. También los minerales se transforman, aunque sus ciclos de manifestación y desaparición sean más largos. Aun las estrellas nacen, crecen, tienen sus vidas de miles de millones de años y luego perecen; igual suerte corren las galaxias. Nuestro sistema solar nació hace algunos millones de años y de él se originaron sus planetas. Al cabo de muchos años, cuando se acabe el combustible de esa gigantesca hoguera de hidrógeno y helio que llamamos Sol, todo será consumido y desaparecerá para siempre tal como se le conoció, para transformarse en otra energía diferente, que en algún tiempo futuro tomará otra apariencia. Todos los seres, todas las civilizaciones humanas, con sus costumbres, su ciencia y su tecnología, tienen los días contados, a menos que aprendiéramos a escapar hacia otro sistema solar más joven, en el cual lográramos sobrevivir, situación poco probable, dada nuestra tendencia a aferrarnos a lo establecido. Nada de lo que conocemos actualmente existió hace unos miles de millones de años. Absolutamente todo lo creado, las galaxias, los planos, los mundos, las dimensiones y las criaturas visibles e invisibles, con una vida de gigantescos eones de años, morirán al cabo de los tiempos. Todo lo manifestado y cognoscible por el hombre de hoy es temporal, y en algún tiempo futuro no existirá en la forma en que hoy podemos apreciarlo. Solo la esencia universal permanece, aunque aún ella está en constante mutación, en perpétuo movimiento. Y cuando lo creado desaparezca, no habrá ciencia alguna que pueda explicar aquello que permanece, porque ni siquiera ella logrará sobrevivir. Así que la ciencia y toda creencia morirán, de lo cual se deduce que son absolutamente temporales.
Si el universo está en permanente cambio, cualquier cosa que aprendamos está sujeta a modificación, pues la realidad cambia. Lo que hoy es, mañana no lo será y por esta razón muchas de las teorías conocidas serán modelos caducos siglos más tarde, pues hasta la misma ciencia avanza, cada vez a pasos más agigantados. Aún Newton, el gran genio de la Física, cuyas leyes fueron aceptadas por el mundo como la última realidad, fue rebatido por Einstein con su nueva teoría de la relatividad, cuando sus fórmulas fueron estudiadas a las posibilidades cercanas a la velocidad de la luz. Un mínimo cambio, un pequeño descubrimiento, y las más grandes teorías pueden venirse al suelo en un solo parpadeo. La ciencia es sólo un conjunto de modelos que encajan con nuestra percepción de la realidad, y que sobreviven o son aceptados hasta que encontramos uno más amplio, más complejo, que explique mejor esa realidad, u otro que rebata lo antedicho, o a lo mejor hasta que cambie nuestra percepción de lo existente.

El ser humano vive muy lejos de la realidad de lo impermanente. Por el contrario, trata de conservarlo todo, intenta detener el tiempo, y lucha incesantemente contra la muerte, en un vano e inútil empeño. La mayoría de los hombres viven intrascendentemente, haciendo planes como si nunca nada les fuera a cambiar, como si jamás fueran a morir. La idea de la muerte les espanta creyendo que ese proceso es algo que no les corresponde, o se trata de una anomalía de la naturaleza. Tan es así que se le ha catalogado como una desgracia, y hace parte de la lista de cosas que causan gran dolor y sufrimiento. A manera de ejemplo, ni siquiera nos percatamos de los cambios diarios de nuestro cuerpo. Lo tratamos como si fuera el mismo de ayer; cuando en realidad es tan fluyente como las aguas de un río. Incluso algunos modelos de la medicina consideran al cuerpo una máquina, similar a nuestro auto o algo parecido, como si fuera permanente. La realidad es bien diferente. Nuestra estructura física es sólo un conjunto de átomos fluyentes, que siempre se agrupan en torno a un patrón de información. Según los términos de la ciencia, está conformado principalmente por agua, carbono, nitrógeno, oxígeno y algunos otros minerales en menor cantidad. Todos los días, segundo a segundo, estamos tomando oxígeno por la respiración, para reponer el que se consume en los procesos biológicos. Por la misma respiración exhalamos carbono, en forma de bióxido de carbono. Este elemento migratorio, proveniente de nuestra estructura corporal, debe ser repuesto nuevamente y se ingiere con los alimentos. Grandes cantidades de agua, minerales y nitrógeno, en diversas formas, de igual manera, son expulsados diariamente por la orina y deben sustituirse por otros. El alimento que ingerimos es descompuesto en pequeñas unidades que se incorporan a las células. En éstas hay verdaderas fábricas de cada una de las sustancias que el cuerpo necesita reponer, de los tejidos que es necesario reconstruir diariamente, segundo a segundo. El agua, el oxígeno, el carbono, el fósforo y, en fin, cualquiera de las sustancias de nuestro cuerpo de hoy no son las mismas que tenía ayer, pues todas son gastadas o eliminadas, y repuestas diariamente. Los átomos nuevos sólo se agrupan en torno al mismo patrón, y dan la apariencia de permanencia. Aún las células de un tumor van cambiando, aunque en apariencia éste sea el mismo. Funcionamos en forma muy diferente de una máquina convencional. A nuestro auto, por ejemplo, no tenemos que darle hierro diariamente para reponer el chasis, o caucho para reponer sus empaques. Sus procesos de cambio son muchísimo más lentos. Cada pieza tarda mucho en gastarse, y cuando lo hace es necesario repararla como tal, o cambiarla en su totalidad. En nuestro organismo, para hacer una reparación es necesario cambiar el patrón de agrupamiento que generó alguna anomalía, o de lo contrario ésta seguirá atacando al cuerpo en forma idéntica. También se puede reparar nuestro organismo cambiando la localización de la parte que no funciona correctamente, por ejemplo, cuando extraemos algún órgano. El cuerpo de un hombre es realmente un río de sustancias cuyas aguas se acomodan al mismo cauce, pero jamás tenemos el mismo cuerpo en dos días diferentes, al igual que no encontramos dos veces las mismas aguas en un río, aunque el paisaje no parezca cambiar. Aquello que eliminamos retorna a la tierra, y es utilizado por minerales, plantas y animales o por el mismo hombre. Algunos átomos, que teníamos hace algunos días, hoy son parte de alguna otra criatura de cualquier especie, y viceversa.
Y al igual que nuestra estructura física cambia en continuidad, lo hacen también las energías vitales, emocionales y mentales, si bien nos empeñamos en sostener los mismos cauces o patrones de emociones y pensamientos, los cuales creemos a veces que son inmodificables. La ley del movimiento obra en toda estructura, y cuando se trata de detener la libre afluencia, el resultado es la descomposición. Todo aquello que se detiene se destruye, bien sea por cristalización excesiva o por putrefacción. Las aguas estancadas se contaminan y rápidamente pierden su vida. Si dejamos de respirar, de orinar o de defecar, bien pronto moriremos. Todo en la naturaleza necesita ser renovado constantemente, necesita fluir y transformarse.
Vivimos buscando la estabilidad, cuando ni siquiera tenemos la garantía de permanencia en este plano de existencia para un solo día de vida. Podemos morir al instante siguiente, pero generalmente creemos que eso le puede pasar a cualquiera, menos a nosotros o a nuestra familia,porque de alguna manera creemos que somos especiales. Soñamos con tener cosas y personas y prolongar su existencia eternamente. Nos aferramos fuertemente a todo y sufrimos cuando perdemos algo o a alguien que creemos nos pertenece, cuando en realidad nada nos pertenece y tarde o temprano lo perderemos, en la vida o con la muerte, la cual es el gran remedio natural para todo apego, incluso para el condicionamiento de la mente y la memoria. Vivimos en la ilusión de la permanencia, de la pertenencia y de la propiedad, y esta es una de las grandes causas del sufrimiento humano.
La estabilidad es lo más opuesto a la ley del movimiento universal. Cuando la buscamos sólo logramos detener el progreso o las fuerzas. Todo lo que se contiene crece, pero al no fluir se cristaliza o descompone. La naturaleza lo fracciona para que fluya y cambie. Si se retiene una fuerza fluyente, sin drenaje, explotará, arrasándolo todo a su paso. Si dejamos que las cosas fluyan, vendrá más de aquello que fluye, porque estaremos creando una corriente.
Revisemos constantemente nuestras vidas para detectar cosas, personas o situaciones estancadas, las cuales son fuerzas que no fluyen. Problemas o situaciones pendientes, frente a las cuales no se ha tomado una decisión, son asuntos sin resolver que crean fuentes energéticas de descomposición. Recordemos que en aguas estancadas ponen sus simientes las plagas y organismos descomponedores. Igual sucede con los asuntos irresolutos: atraen fuerzas caóticas y más problemas, cuyo único objetivo es el de evitar tu estancamiento y te obligan a moverte en otra dirección, para seguir la ley de libre afluencia. Lo mismo ocurre cuando guardas cosas que no usas: creas barreras de contención de lo que necesitas. Luego no te quejes de que la vida no es generosa contigo. Te quiere presionar para que te deshagas de lo que guardas sin uso. Tal vez alguien lo necesita. Si deseas abundancia, reparte lo que no utilices y comparte lo que usas. Si echas a rodar la materia, vendrá más. Pero no caigas en la trampa de la ambición, porque si das esperando recompensa, tan sólo usas una energía que busca atrapar, atraer, y vuelves al mismo juego de crear barreras.
Revisemos nuestras emociones, no sea que tengamos algunas retenidas por más tiempo del necesario. Cualquier amargura, todo dolor o resentimiento, asociado a imágenes del pasado, en tu memoria, son energías retenidas. Toda emoción reprimida, sensación contenida o afecto no expresado son otras tantas energías que buscan fluir. Si no lo hacen se precipitarán al cuerpo y abrirán una brecha en él: a eso se le llama enfermedad. Ese es su origen.
No quiere decir lo anterior que debemos vivir sin ningún tipo de vigilancia emocional. Una cosa es vigilar, observar, reconducir y recanalizar emociones y otra cosa es reprimir. Lo primero te lleva al cambio. Lo segundo a la destrucción. La represión jamás dará por resultado la virtud. El reprimido es tan sólo una bomba de tiempo que algún día explotará. Para ser bondadosos hay que transformar nuestra maldad, no ocultarla, porque entonces seremos hipócritas, sepulcros blanqueados que ocultan inmundicia, jugando a ser santos.
Si al hacer una revisión de tus emociones, hallas que siguen igual que hace algunos meses o años, esto es señal de estancamiento. No estás cambiando. ¿Qué pasaría si dejas de ver a un niño por un tiempo de veinte años? Si lo encontraras igual al cabo de todo ese tiempo, pensarías que tiene una rara enfermedad que estancó su crecimiento y desarrollo. Dirías que es retrasado. Piensa lo mismo de ti si alguna de tus emociones no cambia en un largo tiempo: eres retrasado emocional. ¿Cómo pretende el hombre lograr paz interior si no drena sus depósitos emocionales de aguas estancadas? Si hay manzanas podridas en tu barril y no las retiras, todas las buenas que pongas allí se pudrirán, por excelentes que sean, y lo mismo pasará si aunque todas fuesen estupendas, las dejas allí demasiado tiempo. ¿De qué sirve la bondad si no la practicas? Las emociones son energías que necesitan moverse, transformarse o crecer y dar fruto. El humano entero debe fluir, perfeccionarse, ser verdadero hombre y no semianimal o semihombre, y luego dejar de serlo para convertirse en algo más grande, pues esta condición es pasajera. No es para siempre. ¿O acaso la evolución debería detenerse allí? El paraíso no existe en ningún lugar específico. De un lado, trabajaría muy poco, pues casi nadie logra ser perfecto para entrar en él y esto no se alcanza con un puñado de oraciones; de otra parte sería un lugar de estancamiento, aunque todo fuera dicha allí, y finalmente estallaría para seguir la ley infinita de avance. Nadie puede llegar al final si no lo hay, y la Vida Universal, o Dios o como desees llamarle no lo tiene. Ni siquiera lo posee el espacio.
También debemos reflexionar acerca de la fluidez de nuestra mente. Pensamiento y memoria no deben estancarse. Solemos extrañarnos de que un niño o un joven no logren avanzar intelectualmente, pero una vez llegamos a ser adultos a nadie parece importarle si tu mente progresa o no. Nos limitamos a creer que la experiencia nos hará sabios. ¿Por qué detener el aprendizaje? La mente y la memoria no tienen un espacio restringido, nunca se colman completamente. Somos nosotros quienes obramos como si tuvieran límite. Deberíamos de sorprendernos de no avanzar mentalmente a cualquier edad. El cerebro es el soporte de expresión del pensamiento y debe evolucionar en la medida en que lo hace la función mental. Si no se usa se atrofia, tal cual es la ley evolutiva. Si se utiliza limitadamente, su evolución será restringida. Si tan sólo pensamos reactivamente o usamos los pensamientos de los demás, no debemos de extrañarnos de que en la vejez la irrigación cerebral esté constreñida, y de que nuestra memoria pierda efectividad. Cuando nuestra memoria parece disco rayado y el pensamiento se estanca, nuestro cerebro se cristaliza y se destruye, pues la naturaleza busca desintegrar lo que no fluye. Si no quieres ser sordo, ciego, desmemoriado, despistado o demente en tu vejez, debes de usar el cerebro, lo cual equivale a darle cabida siempre a la creatividad, al pensamiento original, a la reflexión, a la meditación y a la observación contemplativas. Si en tu mente están siempre los mismos conocimientos, cuando no revalúas tus archivos de memoria, si piensas igual que hace algunos meses o años, si eres terco, intolerante, fanático o de ideas fijas, si no aceptas nuevos planteamientos o descubrimientos, haz algo urgente porque estás en graves problemas: eres retrasado o cristalizado mentalmente, y no tardarás en convertirte en un desadaptado. No se puede tener una creencia para siempre, porque el universo no es solamente una mole de piedra con bordes precisos. Tampoco lo es tu mente. Los dos se mueven, se transforman permanentemente y esto hace que toda convicción sea tan sólo un modelo en el que encaja tu entendimiento acerca del misterio de la vida. Si tu comprensión crece, tu fe debe ampliarse. Toda convicción es y debe ser temporal. Si no se transforma, el sistema de creencias se hará caduco, y en unos años o siglos se convertirá en un fósil ideológico, en una concepción primitiva. El padre tiempo fosiliza todo aquello que no se mueve y lo convierte en polvo.
¿Por qué envejecemos? El envejecimiento implica deterioro. La madurez involucra desarrollo, crecimiento, expansión. ¿No deberíamos continuar madurando hasta la muerte? El deterioro es señal de atrofia, desintegración, malformación o descomposición, todo lo cual llega como consecuencia del estancamiento físico, vital, emocional y mental. Si dejas de moverte, tu cuerpo se paralizará. Si cuando viejos caminamos encogidos, contracturados, encorvados y con dificultad, el culpable no es el tiempo sino el sedentarismo, que nos lleva a que gran cantidad de músculos y ligamentos se dañen o atrofien, y sean presa fácil de la gravedad. Si las facultades se pierden es porque las utilizamos mal o no las usamos. Es la falta de empleo o el abuso lo que destruye y no el tiempo. Si todos los días estamos renovando células y átomos del cuerpo, lo cual equivale a renovarlo totalmente, ¿qué lleva al patrón de agrupamiento a mal formarse de  tal manera? Deberíamos morir en perfecta salud. ¿Suena extraño? ¡Estamos tan acostumbrados a echar a perder el cuerpo, a destruirlo, que la salud durante toda la vida nos parece una anomalía! Y si alguien que está sano muere de repente, lo cual es normal, nos parece de lo más injusto ¡y hasta nos duele más que si muere alguien que estaba enfermo! Somos a veces seres de grandes contradicciones.
Todo aquello que dejamos fluir nos libera. Todo lo que intentamos retener nos esclaviza. ¿Somos esclavos o prisioneros de nuestras posesiones, emociones afectos o creencias? Vale la pena reflexionar a fin de ver que es aquello que debemos dejar partir de nuestras vidas, para que las fuerzas se encaucen. La naturaleza nos muestra que cuando el flujo de la vida cesa, el paso a seguir es la rápida desintegración. Si no se entierran los cadáveres, bien pronto aparecen los zopilotes, las moscas y los comedores de carroña, y aún si se sepultan aparecen hongos, bacterias y otras pequeñas vidas descomponedoras. Si se acumula dinero o posesiones, comienza a frenarse el flujo de lo material, y pronto aparecen los que desean apoderarse de la fortuna. Cuando se estancan las emociones o se reprimen, vendrán los que se aprovechan de las debilidades, y otros que van a descomponernos emocionalmente, para permitir que después de la desintegración vuelva la vida. Si el pensamiento se cristaliza y se detiene el avance mental, surgen los que desean aprovecharse de los conocimientos, los manipuladores o los parásitos, que quieren seguirnos para ahorrarse el trabajo de pensar, los cuales morirán mentalmente, al igual que el cristalizado. El sufrimiento que desintegra es el precio a pagar por el estancamiento, a cualquier nivel. ¡No hay que detenerse, hay que avanzar siempre, hacia arriba y hacia adelante! Si se necesita ir hacia atrás hay que aprovechar para tomar impulso. La vida es movimiento, poderosa facultad de todo cuanto existe. El ir en contra flujo agota nuestra energía, hasta dejarnos exhaustos y sin avanzar. Entonces, seremos arrastrados por una corriente sobre la que habremos perdido el control. La naturaleza tratará de que recuperemos el camino correcto.
Pongamos poderosa atención a todo lo que nos rodea. Si hay zopilotes, parásitos, cosas o seres que nos manipulan o esclavizan, simbólica y realmente hablando, nos estamos estancando, estamos perdiendo flujo y vida. Tomemos energía, y recuperemos el movimiento.

de:   
LA AVENTURA
INTERIOR  

“La búsqueda interior implica la desmitificación del yo, la ruptura con todos los antiguos paradigmas acerca de la naturaleza humana, el descondicionamiento de los modelos socioculturales y una gran osadía para el cambio.”

 Jose Vicente Ortiz Zarate

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lunes, 21 de octubre de 2013

OBSERVACIÓN, APRENDIZAJE Y CONDICIONAMIENTO



OBSERVACIÓN, APRENDIZAJE
Y CONDICIONAMIENTO
   

En primera instancia, antes de abarcar profundas reflexiones sobre los misterios de la vida y del ser, es necesario plantear el problema de la objetividad de toda observación.
Cada vez que observamos un ser, un objeto o un suceso, nuestra mente emite un juicio, apreciación, comentario o análisis, basada en el conocimiento que de tal cosa existe en su memoria. El hombre está acostumbrado al análisis comparativo entre lo externo, aquello que se observa, y el modelo mental o imagen que se tiene de ello. Tal modelo generalmente ha sido construido con base en el aprendizaje imitativo, mediante métodos convencionales de enseñanza en nuestras familias, culturas y escuelas, o a través de cualquier otro sistema de almacenamiento de información. Hemos aprendido a confiar plenamente en este conocimiento de segunda mano, y muy pocas veces encontramos personas que tengan su propia idea del mundo, construida con base en su experiencia y observación directa. Casi todo lo que tenemos en nuestra memoria es el resultado de lo que hemos aprendido de otros, los cuales han observado las cosas por nosotros. Pero, con frecuencia, las teorías de la ciencia, las que hablan del comportamiento humano o de cualquier otro tipo de conocimiento, cambian sin que nos enteremos, mientras seguimos conservando los antiguos modelos de saber, de tal suerte que, con el correr de los años, si no nos actualizamos acerca de lo que los demás creen, corremos el peligro de ser vistos como retrógrados. Nuestra forma de pensar casi siempre es vista como arcaica por una generación futura.
¿Debemos confiar en la información recibida y creer en ella de una vez y para siempre como la última verdad? Pues eso es lo que generalmente hace nuestra mente. Nuestros juicios y opiniones de observación están supeditados al contenido de nuestra memoria, lo cual significa que nuestro futuro aprendizaje está más o menos condicionado. Si hemos de aprender sin este condicionamiento, tenemos que ser conscientes de que debemos observar cualquier cosa como si fuera la primera vez que nos acercáramos a ella, olvidándonos de nuestra imagen interna previa. De lo contrario, no añadiremos nada de información valiosa. Los grandes inventores, gracias a los cuales disfrutamos de la actual tecnología, se dedicaron simplemente a observar, quitando de su mente toda anterior concepción. No auscultaron su memoria para sus novedosas investigaciones.
Para la mayoría de las personas ya todo está inventado, y si hay algo más que crear eso corresponde a los genios, porque casi siempre la mente se conforma con la información recibida. En nuestros propios hogares estamos llenos de artefactos que nos prestan muchos servicios, y creemos saber cómo funcionan tan sólo porque aprendimos a operarlos mediante un manual. Si en realidad se nos preguntara sobre el mecanismo de acción de cosas tales como la radio, la televisión, el teléfono, la licuadora, una bombilla etcétera, no sabríamos responder acertadamente a menos que hayamos estudiado alguna cosa en relación con la tecnología. Casi siempre debemos acudir a un experto para que repare la falla más elemental, porque la verdad es que no tenemos la menor idea de como funcionan las cosas. Pareciera que el mundo va tan aprisa que todo nos es dado y nadie se preocupa. Poco a poco, nos hacemos más dependientes de una tecnología ajena a nuestro propio conocimiento, y cada vez somos más manipulados y explotados por quienes sí la conocen.
De otra parte, nuestra memoria está atiborrada de conocimientos que no usamos, debido a que los sistemas educativos consideran al hombre homogéneo, y tratan de uniformizar la manera de pensar. Todo esto hace que no demos cabida a la exploración directa y personal del mundo que nos rodea, y que nuestra observación esté limitada por los conceptos que tenemos de todo, por las imágenes que poco a poco nos hemos hecho de cada cosa, con una información venida del exterior. Somos condicionadamente imitadores la mayor parte de nuestras vidas, limitándonos a almacenar tal información y a reaccionar automáticamente, movidos por el vicioso mecanismo de asociación de ideas, el cual siempre nos lleva a tener un juicio supeditado a la memoria. Parece increíble, pero es verdad que nuestra memoria limita el verdadero conocimiento, impidiendo casi por completo la observación. Para dar un ejemplo, si conocimos a alguien en la infancia y le perdimos de vista, volviéndole a ver veinte años más tarde, tendemos a pensar de ese sujeto tal como lo hicimos en la niñez. Nos quedamos con las imágenes del pasado de las personas, y hasta nos extrañamos de que hayan cambiado. Solemos decir cosas como ¡cuánto has cambiado! ¡cómo creciste! ¡no puedo creer que seas el mismo! ¡me resisto a aceptar que seas ese niño que conocí hace veinte años!, las cuales parecen frases de cajón, pero en realidad dejan ver que existe una tendencia a conservar la información sin actualizarla, y que muchas veces nos resistimos a modificarla. Los viejos suelen decir: ¡cómo pretende enseñarme a mí este muchacho! ¡ más sabe el diablo por viejo que por diablo!, asumiendo que la vejez, en forma automática, confiere sabiduría. Los jóvenes, por el contrario, suelen despreciar los puntos de vista de sus ancestros, por ser caducos, lo cual genera el llamado conflicto generacional.
Todo conocimiento científico, religioso, racial o cultural, impresiona fuertemente la memoria y genera un condicionamiento que impide la observación y el análisis imparcial. En realidad, para observar las cosas como son y no como creemos que son, no hace falta un conocimiento previo. No hace falta la memoria. Si prescindimos de ella, tendremos una versión más actualizada de nuestras apreciaciones, y nos sorprenderemos de las cosas que somos capaces de descubrir y ver.
Es importante, en un proceso reflexivo en busca de la verdad, el aprender a observar, en contemplativa actitud y con la mente alerta, abierta y libre de todo reflejo proveniente de la memoria. También es importante revisar el contenido de nuestra memoria permanentemente para actualizar su información, mucha de la cual se halla en lo que llamamos inconsciente, el cual no es otra cosa que una parte de la memoria que hemos dejado de observar conscientemente, pero que se convierte en el principal motor de nuestros impulsos automáticos. Es útil renovar nuestras creencias acerca de todas las cosas, pues en la medida que la mente madura puede tener más amplias y mejores apreciaciones. Es prudente escuchar con atención a las nuevas generaciones, porque sus sistemas nerviosos, vitales y mentales, pueden venir mejor equipados que los nuestros para percibir la realidad, o por lo menos su versión del mundo puede ser mejor que la nuestra. Sólo si la memoria se actualizara diariamente valdría la pena utilizarla como instrumento valioso en los procesos de observación y reflexión. De lo contrario, es uno de los más grandes obstáculos.
Los sistemas educativos han sido evaluadores de la memoria, durante muchas generaciones, y las personas con grandes habilidades para recordar han tenido amplias ventajas, siendo considerados como los mejores estudiantes. Tal vez por eso la creatividad es escasa en el mundo. No hemos sido entrenados para pensar, discernir o mirar, pero si lo hemos sido para memorizar. Entre más conocimientos, cuantos más archivos haya en nuestra memoria, somos considerados más cultos, pero estaremos seguramente más condicionados, ya que tendemos a ser automáticamente reactivos. Nuestra mente está viciada, y casi siempre compara la realidad presente con las imágenes internas, pertenecientes a hechos pasados.
Las conversaciones habituales de los seres humanos dan poca cabida a la reflexión, y más bien revelan nuestra manía comparativa. Frente a un tema propuesto, se suele opinar esgrimiendo argumentos que muy seguramente se han colado en nuestra memoria a través de los noticieros, los diarios, los libros o las personas más expertas. La mayoría de las veces hacemos esto inconscientemente, y hasta llegamos a tomar tales deducciones por nuestras. El deseo de lucirnos nos impulsa a querer salir con algo brillante, y en ocasiones olvidamos mencionar la fuente de nuestras luminosas aseveraciones. Nos gusta sorprender a los demás para ser admirados, sin darnos cuenta de que a veces podemos estar manejando informaciones erradas o parcializadas. Somos tremendamente crédulos, y damos por veraz todo aquello que aparezca escrito, o en algún otro medio de comunicación. Poco nos gusta verificar. Tal vez lo más que hacemos es estar o no de acuerdo con lo que se dice, aunque con frecuencia porque corresponde o no a otra información obtenida con anterioridad.
El contenido de la memoria y el mecanismo de reacción automática generan conductas específicas o hábitos, característicos de individuos, familias o sociedades. A éstas solemos llamarlas  costumbres, y a ellas nos aferramos fuertemente. Cuando ocurre un hecho del que no tenemos imagen alguna en la memoria, quedamos desconcertados, asustados, sorprendidos, indecisos o paralizados. Hemos aprendido a obtener seguridad de nuestra memoria, y por eso somos tan fieles a las costumbres, a las cuales rendimos culto. Una vez afianzado un hábito, es difícil desprenderse de él. Generalmente, tenemos miedo a cambiar porque tal vez lo nuevo no nos aporte tanta seguridad. Sobre lo que ya manejamos, para bienestar o desdicha, tenemos algún control. Sobre lo nuevo no. Confiamos demasiado en la experiencia, a la cual damos un extraordinario valor. Pero experiencia significa memoria y esta representa condicionamiento. Los seres aventureros, los que se lanzan a lo desconocido, son escasos; los genios son pocos.
La mayoría de los hábitos de un ser humano son el producto del condicionamiento familiar, racial y cultural. Hemos sido programados como ratones de laboratorio para responder mecánicamente y, aunque la capacidad de memoria y de análisis comparativo del hombre sean mayores, respondemos también a reflejos condicionados, los cuales se transmiten de generación en generación, incluso genéticamente. Es por eso por lo que la humanidad no cambia esencialmente con el correr de los siglos. Es por eso por lo que el ser humano poco se transforma. Parece que al llegar al hombre la evolución se hubiese estancado. Somos una especie de lenta adaptación.
Para corroborar lo anterior, observe lo que le ocurre a alguien que por primera vez viaja a un país extranjero. Al principio estará sorprendido al notar las diferencias en las costumbres y hasta se animará a ensayar uno que otro cambio, pero con el correr de los días empezará a extrañar sus propios hábitos y anhelará su comida, vestido, casa, idioma, personas, situaciones, lugares y otras cosas. Su memoria no lo dejará en paz, y buscará, en el lugar donde ahora vive, todo aquello que está en su memoria y que le ha proporcionado placer desde niño. La mayoría de extranjeros trasladan finalmente muchas de las costumbres del lugar de donde son originarios, de tal suerte que son fácilmente reconocibles. Si realmente se adaptaran, rápidamente tendrían los mismos hábitos de los lugareños, hasta pasar completamente desapercibidos. Los extranjeros sufren mucho antes de lograr una mínima adaptación, la cual nunca se logra completamente. Casi ninguno, por ejemplo, logra hablar perfectamente un nuevo idioma, con la pronunciación y el acento correctos. Tan condicionados estamos, tan aferrados a la costumbre, que incluso tratamos de convencer a otros para que cambien su programación de memoria por la nuestra, y actúen como nosotros, lo cual nos hace una de las especies más intolerantes, belicosas y depredadoras del planeta. Para la muestra, en todos los países abunda la xenofobia, la aversión al extranjero, y también el racismo e incluso el regionalismo. Y aún más, tendemos a discriminar a las gentes por el parentesco o por la creencia, y hasta llegamos a sentir que son seres extraños, tal vez inferiores o locos.
Hemos hecho de nosotros mismos, a través de ese proceso llamado civilización, lo mismo que el hombre hace con las mascotas. Nos hemos convertido en seres amaestrados, pero a la vez frágiles e inadaptables al medio natural, a la diversidad real del mundo. Somos esclavos de la cultura, de la norma y de la creencia.
Veamos otro ejemplo frecuente que revela nuestra tendencia a la reactividad condicionada. En la mayoría de países llamados civilizados, muchas personas acostumbran tener un empleo por años, con la esperanza de disfrutar de una pensión de jubilación, un dinero que les será dado por un sistema establecido, como recompensa por todo su largo tiempo de trabajo. Cuando llega el momento del retiro, a la mayoría les cuesta abandonar sus trabajos, algunos se resisten y casi todos sufren períodos depresivos y enferman. Casi nadie planea lo que hará cuando ya no trabaje en lo que habitualmente hace, porque ninguno desea fuertemente el cambio, a menos que desde siempre haya percibido frustración en su oficio. La mayoría se sienten como perdidos, sin saber lo que harán. Ni siquiera logran disfrutar del descanso. Experimentan des-adaptación, y al tratar de iniciar alguna labor se dan cuenta de que sus hábitos han sido tan fijos que no están capacitados para hacer otras cosas, porque no se han preocupado por actualizarse en nuevas áreas. A esto se le llama el síndrome de la jubilación.
La mayoría de los viejos tienen tantas manías y son tan resistentes al cambio que se vuelven intolerantes y tercos. Muchos se aíslan o son aislados, constituyendo una carga para las familias. Los viejos dulces y sabios son realmente escasos. Los hombres llevan tal fardo de información en la memoria, y están tan aferrados a ella, que entran en conflicto con las generaciones posteriores. Tratan de imponer normas, a veces caducas para la capacidad de las nuevas olas evolutivas, y generan cristalización y estancamiento. No en vano, todas las antiguas civilizaciones han desaparecido.
El condicionamiento que lleva a conductas reactivas, a veces poco acordes con el equilibrio de las especies, ha llevado al ser humano a comportarse imitativamente en muchos aspectos poco benéficos para la sana convivencia planetaria. El hombre, por costumbre, es la especie más depredadora, más bélica, más sucia y más desorganizada. Es la que ha causado mayores desequilibrios en la naturaleza. Si no buscamos un cambio real, no uno de meras palabras, esta civilización también desaparecerá bajo la espada de los desastres, causados por una ignorancia disfrazada de cultura y grandeza. Ningún otro ser  genera tanta basura como el hombre. Para ser más exactos, ninguna otra especie produce basuras, ni crea en forma espontánea desequilibrios ecológicos.
El ser humano cree que el pensamiento lo hace superior a los demás reinos de la naturaleza. ¿Será esto verdad? Es bueno reflexionar sobre este asunto, pues es el pensamiento el que ha dado lugar a los actuales sistemas de comportamiento, que crean el gigantesco desorden mundial presente, el que ha originado los conflictos de creencias, la contaminación planetaria, la limitación por fronteras, la superpoblación de ciertas áreas, la pobreza, las clases sociales, la explotación, las epidemias y todas las circunstancias que han hecho de la tierra un valle de sufrimientos, en lugar del paraíso que debiera ser. Tal vez el pensamiento, y su compañera la memoria, no nos hagan superiores, o a lo mejor los estemos empleando inadecuadamente. Por querer tener todo bajo control, desoímos a la sabia naturaleza y perdimos el control de la especie.
Esforcémonos por encontrar rutas de cambio para recuperar la vida armoniosa. Busquemos caminos para romper el condicionamiento y caminar por la vida guiados por la voz sabia de la inteligencia de lo creado, que surge del interior, sin que nos vayamos al polo del libertinaje, confundiéndolo con la libertad.
Para iniciar un cambio en nuestros hábitos de aprendizaje, es necesario evaluar, en forma individual, el grado de condicionamiento, reactividad y tendencia imitativa que tenemos. Si verdaderamente deseamos preciarnos de ser inteligentes, hemos de buscar nuestra propia versión del mundo. Preguntémonos en cada uno de nuestros hábitos, movimientos, palabras, emociones y pensamientos, si verdaderamente son nuestros, heredados o aprendidos. Averiguemos si hemos llegado a nuestras creencias por propia convicción, como resultado de la observación o de la enseñanza o la evangelización. ¿Qué de lo que tenemos es realmente nuestro? ¿Qué hemos asumido por costumbre o tradición? ¿De dónde se deriva nuestro actual comportamiento? ¿Son nuestras emociones propias, o son modelos reactivos aprendidos? ¿A qué conclusiones hemos llegado al pensar en el misterio de la vida? ¿Acaso hemos pensado en ello? Si nada de esto nos importa, sencillamente somos autómatas, dirigidos por los que se han tomado el trabajo de construir sistemas de creencias y costumbres; somos como barcos de papel llevados por una corriente nefasta; somos marionetas planetarias sin pensamiento propio, imitadores, con escasa inteligencia, que soñamos con ser grandes por el simple hecho de ser hombres.
La independencia es necesaria para cualquier proceso real de aprendizaje, no de copia, y para todo proceso real de crecimiento. Lo demás es puro condicionamiento. A fin de lograr independencia, es necesario revaluar individualmente todo conocimiento, toda conducta, toda creencia, todo el contenido de nuestra memoria, y repetir el procedimiento tan a menudo como se pueda, hasta vaciar totalmente la información no actualizada y comprobada, tratando de vivir la vida y sus diversas experiencias basados en la directa y presente observación, prescindiendo, en lo posible, de toda actitud reactiva, preprogramada, afianzada en el pasado, en eso llamado experiencia, un extraño concepto humano que desconoce la constante variabilidad, evolución y movimiento del universo.

Si de verdad buscamos la libertad, la existencia debe ser apreciada tal cual está ocurriendo, sin creer que sabemos lo que está sucediendo, atrapados por el fantasma del pasado, de nuestra memoria, sino más bien intentando ver lo que pasa en cada instante de nuestras vidas. Solo así lograremos descubrir el mundo, esa maravillosa e inteligente creación que en cada instante se transforma y cambia, como el agua en el recodo de un río.

parte de:  LA AVENTURA INTERIOR  

“La búsqueda interior implica la desmitificación del yo, la ruptura con todos los antiguos paradigmas acerca de la naturaleza humana, el descondicionamiento de los modelos socioculturales y una gran osadía para el cambio.”

Jose Vicente Ortiz Zarate

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